Cada vez que llega algún cumpleaños
de alguien de la familia, reniego por dos cosas. El tener que soportar esas
fiestas con enormes cantidades de gente y soportar la histeria de mi mujer, un
mes antes, por no saber que regalar al homenajeado.
Cuando recién teníamos
poco tiempo de casados, las fiestas familiares no pasaban de pequeñas reuniones
de encuentros y de entrega de regalos.
Lo que con el tiempo
tuvo que disminuir, misteriosamente aumentó vertiginosamente.
Cada año se fueron
sumando familiares allegados de ramas de familias, que ya casi parecían fiestas
populares.
En la familia hay dos
personajes sumamente especiales con esto de
los regalos y con todo en general.
Uno es la tía Conchi
que con los años se pone más quisquillosa y mi suegro que al ser el “patriarca”
de la familia, todos hacen méritos para que el regalo sea el bendecido.
A mí, me la pelan los
dos, porque son familiares de mi mujer, pero la que me hace la vida imposible
es ella.
Así que ya ven a todos
tomando notas todo el año para ver que necesitan los dos.
Yo ya había hablado
hace pocos días y me contaba que estaba con unos rosales que tanto él como la
abuela estaban cuidando y que maleza y los plantíos… vamos, que estaba
pidiéndome algo especial: unas tijeras de podar.
Me puse a buscar unas
tijeras que le sirvieran a él, a la abuela y a toda la familia.
Mi mujer estaba cada
día que se acercaba el cumpleaños más insoportable que nunca. Sumado a que no
me veía mover un solo dedo. Pero, yo ya sabía que regalar y la quería hacer
sufrir.
Ella quería regalarle
un vino. ¿Un vino, mujer? Vivimos en La Rioja, tiene mil vinos de denominación
de origen. ¿Un libro? Pero si él es más
de campo.
Hasta que le conté cual
era mi regalo secreto. Emocionada me preguntó qué cuál era.
Le dije “prepárate que
todo el año seremos los bendecidos por el regalo”.
Y le dije, son unas
tijeras de podar. Me miró con una cara de asco y me preguntó resignada, si esa
era mi gran sorpresa. Siéntate, que te vas a caer. No son cualquier tijeras,
son unas tijeras eléctricas que hasta tu abuela no se va a cansar de cortar los
rosales, la maleza y todo lo de la casa (la dirección está aquí).
Quedó flipada. Las
compramos a buen precio y nos aparecimos en el cumpleaños de mi suegro con una
confianza de ser los bendecidos por sus favores todo el año. Llego la hora de
los regalos y ahí estábamos triunfantes.
Nada como estar bendecidos por un
año por el patriarca.